Hay personas que llegan a nuestra vida casi sin hacer ruido.
No siempre recordamos el día exacto en que las conocimos. No celebramos un aniversario con ellas ni tenemos una fecha marcada en el calendario para recordar cuándo empezaron a formar parte de nuestra historia.
Simplemente, un día, nos damos cuenta de que están.
Y de que llevan mucho tiempo estando.
Son esas amigas a las que podemos llamar después de semanas sin hablar y continuar la conversación exactamente donde la dejamos. Los hermanos con los que hemos compartido tanto que a veces basta una mirada. La persona con la que construimos nuestra vida y que, además de pareja, se ha convertido en compañero, cómplice y equipo.
Personas que aparecen cuando las necesitamos.
Y también cuando no las necesitamos para nada.
Quizá ahí esté una de las formas más bonitas de entender la amistad.
Estar también es una forma de querer
Estamos acostumbrados a asociar el amor con determinados códigos.
Las rosas rojas. Las grandes declaraciones. Los aniversarios. Las parejas. Los gestos que parecen necesitar una ocasión extraordinaria para tener sentido.
Pero el afecto tiene muchas más formas.
Está en quien pregunta cómo estás y espera de verdad la respuesta.
En quien celebra una buena noticia como si fuera propia. En quien sabe cuándo hablar y cuándo simplemente acompañar. En esa amiga que aparece cuando todo se complica. En un hermano que conoce demasiadas versiones de nosotros como para dejarse engañar por un “estoy bien”.
Y también en las parejas que, después del enamoramiento, descubren algo quizá todavía más valioso: que además de quererse saben caminar juntas.
Porque compartir la vida también significa hacer equipo.
Resolver. Escuchar. Reír. Discutir. Volver. Sostener. Celebrar las pequeñas victorias del otro y permanecer cerca cuando las cosas no salen como esperábamos.
No todo el amor necesita ser romántico.
Pero casi todo el amor necesita compañía.
El amarillo también habla
El 21 de septiembre las flores amarillas volverán a llenar escaparates, fotografías y redes sociales.
Es una tradición reciente que ha convertido este color en una manera de celebrar la amistad, el cariño y a esas personas especiales que forman parte de nuestra vida.
Y quizá no sea casualidad que sea precisamente amarillo.
Es el color del sol.
De la luz.
De esa energía que parece transformar un espacio cuando entra por una ventana.
En las flores, el amarillo puede ser intenso, delicado, luminoso, casi dorado. Puede aparecer en una composición llena de fuerza o asomarse apenas entre otros colores.
Girasoles, rosas, margaritas, crisantemos y tantas otras flores pueden vestirlo de maneras completamente diferentes.
Pero en Marjus nos interesa algo más que saber qué significa tradicionalmente un color.
Nos interesa qué significa para quien lo regala.
Porque ningún color pertenece a una única emoción.
¿A quién le regalarías flores amarillas?
Esa es quizá la pregunta.
Puede que inmediatamente hayas pensado en alguien.
Una amiga.
Tu hermana.
Tu hermano.
La persona con la que compartes tu vida.
Alguien que conociste hace poco y que, inexplicablemente, parece llevar años contigo.
O esa persona a la que nunca regalarías flores porque vuestra relación “no es de esas”.
Precisamente a ella.
A veces esperamos a un cumpleaños, a una celebración o a que ocurra algo extraordinario para decir a alguien que nos importa.
Y mientras esperamos, pasan cientos de días normales.
Quizá el 21 de septiembre sea simplemente una excusa.
Una bonita, luminosa y amarilla excusa para detenernos y pensar en esas personas que hacen nuestra vida un poco mejor.
La amistad tampoco tiene una única forma
Hay amistades que duran toda una vida y otras que aparecen en un momento concreto para acompañarnos durante una parte del camino.
Hay amigos con los que compartimos cada semana y otros que viven lejos.
Hay amistades heredadas de la infancia y otras que llegan cuando creíamos que ya teníamos nuestro círculo construido.
Y hay relaciones que no solemos llamar amistad, pero que contienen mucho de ella.
Cuando una pareja se convierte en equipo.
Cuando dos hermanos, además de familia, se eligen como compañeros.
Cuando una madre y una hija descubren con los años una nueva manera de encontrarse.
Cuando alguien deja de ser simplemente compañero de trabajo y empieza a ocupar otro lugar.
No hace falta poner nombre a todos los vínculos.
A veces basta con reconocerlos.
Flores para quien está
En una floristería escuchamos muchas razones para regalar flores.
Cumpleaños. Aniversarios. Nacimientos. Agradecimientos. Celebraciones.
Pero también escuchamos una frase que nos encanta:
“Son para una amiga.”
Y detrás de esas cuatro palabras puede haber una historia enorme.
Por eso, cuando alguien entra en Marjus buscando flores, nos gusta preguntar.
Para quién son. Cómo es esa persona. Qué le gusta. Qué queremos transmitirle.
Porque regalar flores no consiste únicamente en elegir las más bonitas.
Consiste en conseguir que, al recibirlas, alguien piense:
“Ha pensado en mí.”
Y eso conecta directamente con algo en lo que creemos profundamente.
No siempre necesitamos tener algo que celebrar para regalar flores.
A veces basta con tener a alguien.
Un poco de amarillo para decir gracias
Este 21 de septiembre habrá flores amarillas en Marjus.
Habrá color, luz y composiciones creadas para celebrar la amistad.
Pero nos gustaría que, antes de elegirlas, pensaras en la persona.
En esa amiga que siempre aparece.
En tu hermano.
En quien comparte contigo los días buenos y los que cuestan un poco más.
En tu pareja, si además de amor encontraste amistad, complicidad y equipo.
En alguien que hace mucho que no sabe que sigues pensando en él.
Porque quizá no necesitemos esperar a que ocurra algo importante.
Hay personas que, sencillamente, hacen importantes los días normales.
Y si tuviéramos que elegir un color para recordarlas este mes, probablemente sería el amarillo.
El del sol.
El de la luz.
El de esas personas que tienen una manera muy particular de estar incluso cuando no están cerca.
El 21 puede ser la fecha.
Las flores amarillas, la excusa.
La persona es el verdadero motivo.



