Hay flores que reconocemos antes incluso de recordar su nombre.
Basta un olor, un color o una forma para que algo se active. De repente estamos otra vez en un jardín que conocimos hace años, en la casa de nuestros abuelos, delante de un ramo que alguien nos regaló o recordando a una persona que siempre elegía las mismas flores.
La memoria funciona así. A veces necesita muy poco para llevarnos muy lejos.
Y las flores tienen una capacidad especial para conseguirlo.
Quizá porque están presentes en muchos de los momentos que terminan formando parte de nuestra historia. Celebran nacimientos, acompañan bodas, aparecen en aniversarios, llegan sin avisar cualquier martes y también están cuando toca despedirse.
Pero hay algo curioso: las flores desaparecen y, sin embargo, muchas veces el recuerdo permanece.
Hay recuerdos que tienen forma de flor
Todos tenemos nuestras propias asociaciones.
Hay quien no puede ver una hortensia sin pensar en el jardín de su infancia. Quien reconoce el olor de un jazmín y vuelve inmediatamente a un verano concreto. Quien guarda una flor seca entre las páginas de un libro porque pertenece a un día que no quiere olvidar.
En Marjus esos recuerdos también existen. Cuando preguntamos qué flor podía llevarla inmediatamente hasta una persona, la respuesta apareció casi sin pensarlo:
«A mí las hortensias me recuerdan a mi abuela. Mi abuela tenía unas hortensias enormes»
Y probablemente ninguna de esas flores significaría exactamente lo mismo para otra persona.
Porque existe un lenguaje tradicional de las flores, pero existe también otro mucho más íntimo: el que vamos construyendo a lo largo de nuestra vida.
Una rosa puede hablar de amor. Pero también puede ser la flor que cultivaba tu madre.
Una margarita puede representar sencillez o alegría. O puede recordarte aquel campo por el que pasabas todos los días.
Una flor no cambia.
Lo que cambia es todo lo que nosotros hemos depositado en ella.
La memoria también entra por los sentidos
Los recuerdos no siempre llegan en forma de imágenes.
A veces aparecen a través de un aroma.
El olfato tiene una relación especialmente poderosa con la memoria y las emociones. Por eso determinados perfumes pueden hacernos recuperar escenas que creíamos olvidadas.
Con las flores ocurre constantemente.
También sucede con los colores, las texturas o incluso con pequeños gestos: cortar un tallo, cambiar el agua de un jarrón, quitar una hoja, observar cómo una flor empieza a abrirse.
Son acciones aparentemente pequeñas que pueden formar parte de nuestra memoria cotidiana.
Quizá por eso trabajar con flores significa también trabajar, sin pretenderlo, con las historias de las personas.
En una floristería no siempre entra alguien buscando simplemente rosas, tulipanes o lirios.
A veces entra buscando aquellas flores que le gustaban a alguien.
Y eso lo cambia todo.
Cuando las flores ayudan a recordar
Hay momentos del año en los que esta relación entre flores y memoria se hace especialmente visible.
El 1 de noviembre es uno de ellos.
Durante generaciones hemos llevado flores a los lugares donde descansan quienes ya no están. Es un gesto que atraviesa épocas y familias y que sigue teniendo sentido precisamente porque no necesita demasiadas explicaciones.
Elegir las flores. Prepararlas. Llevarlas.
Recordar.
Y cuando en Marjus hablamos de lo que significa esta fecha, aparece una reflexión que va mucho más allá de las flores:
«Las pérdidas y las ausencias de los seres que queremos nos dejan un vacío en el corazón. Tal vez por eso es tan importante el día de Todos los Santos, porque el hecho de que las personas que hemos despedido a seres muy queridos nos acerquemos a llevar flores a los lugares donde descansan y a recordar, de alguna manera, nos hace sentir menos solos»
Quizá ahí esté una parte importante del sentido de este gesto.
No se trata únicamente de llevar flores. También de detenernos. De dedicar un momento a alguien. De recordar junto a otras personas que están haciendo exactamente lo mismo.
Porque detrás de ese gesto hay tantas maneras de vivir la ausencia como personas.
Alguien elegirá las flores que llevaba todos los años. Otra persona buscará las que más le gustaban. Habrá quien prefiera una composición tradicional y quien necesite algo completamente diferente porque así era también la persona a la que recuerda.
Ahí vuelve a aparecer ese lenguaje personal de las flores.
No se trata únicamente de qué significa una variedad.
Se trata de qué significa para ti.
También podemos regalar flores a quien recuerda
Cuando pensamos en estas fechas, casi siempre imaginamos flores destinadas a quienes ya no están.
Pero hay otra dirección posible para ese gesto.
Podemos regalarlas a quienes están aquí.
A alguien que atraviesa una ausencia reciente. A una persona para la que determinadas fechas resultan especialmente difíciles. A quien queremos acompañar aunque no sepamos muy bien qué decir.
No para intentar borrar la tristeza.
Hay cosas que unas flores no pueden -ni deben pretender- solucionar.
Pero pueden acompañar.
Pueden entrar en una casa y decir, de una manera sencilla: me he acordado de ti.
Y quizá esa sea una de las razones por las que seguimos recurriendo a ellas cuando las palabras se nos quedan pequeñas.
Flores que permanecen
En Marjus llevamos más de cuatro décadas viendo pasar flores y personas.
Hemos preparado composiciones para celebrar y para despedir. Para empezar historias y para recordar otras. Para decir te quiero, enhorabuena, gracias, estoy contigo o simplemente pensé que hoy necesitabas flores.
Cada ramo termina saliendo por la puerta.
Eso forma parte de su naturaleza.
Las flores son efímeras.
Pero no todo lo que ocurre alrededor de ellas lo es.
Porque algunas terminan asociadas para siempre a una persona, una casa, una voz o un momento.
Y años después basta volver a encontrarlas para que algo regrese.
Quizá por eso las flores no solo decoran nuestros recuerdos.
A veces también los guardan.
Marjus Floristas




